12 / JULIO / 2025
Ver no alcanza. Saber, tampoco.
Esa pregunta me da vueltas hace años.
La escuché en charlas, en cursos online, en videos de YouTube, en comentarios sueltos en redes sociales. La pensé mil veces mirando fotos que no entendía si eran buenas o simplemente llamaban la atención.
Y apareció, sin filtro, una tarde, cuando alguien —un fotógrafo profesional— vio mi página de fotos en redes y soltó:
—Ahora cualquiera se pone que es fotógrafo sin haber estudiado.
Lo dijo con una certeza que me incomodó. Porque en esa frase no solo estaba su mirada: también estaban mis dudas. Las que cargo desde que empecé a sacar fotos sin haber pisado una escuela de fotografía.
Durante un tiempo, me costó decir “soy fotógrafo”. Me sentía un colado. Como si hiciera trampa. Pero también entendí algo: sacar fotos no me hizo fotógrafo. Lo que me transformó fue la mirada. La insistencia. La necesidad de contar. De observar con otra pausa.
Y esa necesidad, esa forma de ver, no me la enseñó nadie.
Aprendí mirando. Probando. Fallando (sobre todo).
Aprendí trabajando. Sacando miles de fotos malas.
Aprendí editando. Porque editar me enseñó a ver: a recortar, a elegir, a prestar atención.
Nunca hice una carrera formal, pero estudié igual. Estudié como estudian los obsesivos: a escondidas. Me metí en YouTube, en workshops, hablé con otros, miré portfolios, robé ideas, y las hice propias.
No tengo diploma, pero tuve hambre.
¿Eso alcanza? No lo sé.

Conocí personas con formación impecable, que sabían cada tecnicismo, pero no lograban transmitir nada. Y también vi gente sin estudios que capturaban escenas que te dejaban sin palabras. La visión puede ser una chispa, sí. Pero sin técnica, se apaga. Y la técnica sola, sin sensibilidad, se convierte en algo vacío.
Ahí pienso en Peter Lindbergh.
El tipo no estudió fotografía. Venía del mundo del arte, de la pintura. Y sin embargo, redefinió la moda con una mirada cruda, honesta, cinematográfica. Fue autodidacta. Pero tenía algo que no se enseña: intuición, humanidad, tiempo. Y lo sostuvo.
Eso también es estudiar. Pero desde otro lugar.
Un día, empecé a notar algo. Gente que no sabía que la foto era mía, me decía: “Esta foto es tuya, ¿no? Tiene tu estilo”.
Y ahí entendí que había pasado algo. Había aparecido mi forma de fotografiar.
Mi mirada.
Entonces… ¿qué define a un fotógrafo?
¿El estudio o la visión?
¿El conocimiento o la sensibilidad?
¿El diploma o el tiempo que pasás mirando el mundo a través de un lente, buscando algo que todavía no sabés del todo qué es?
No tengo una respuesta cerrada. Solo sé que no alcanza con mirar. Y tampoco con saber.
Hace falta estar presente. Tener una búsqueda. Sostenerla.
Y en el mundo de la moda, donde la imagen cambia todo el tiempo, mirar es mucho más que ver.
Mirar es interpretar. Es elegir. Es construir sentido.
Y a veces, mirar también es romper una regla, incomodar, no pedir permiso.
No se trata de si estudiaste o no.
Se trata de si estás dispuesto a mirar distinto.
Y a seguir haciéndolo, incluso cuando nadie te lo pida.







